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CARTA ESCRITA POR MARÍA TERESA PADILLA (DIARIO SUR, MÁLAGA, 17 DE FEBRERO DE 2009 |
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Escrito por María Teresa Padilla
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El fin de semana asistí a un partido de baloncesto. Los jugadores, niños de 8 y 9 años. La grada, llena de padres, en principio espectadores orgullosos de los progresos deportivos de sus hijos. El partido, en la cancha, se desarrollaba dentro de la normalidad de lo que es un partido de niños de esa edad: canasta va, canasta viene, barullo va, tropezón viene. Pero, fuera de la cancha, alguien decidió que aquello estaba siendo demasiado normal. Como no es normal que un niño se caiga y llore, hacía falta buscar un culpable de tamaña anormalidad: el árbitro, como dejó bien claro una señora del público que se plantó en medio de la cancha para increpar airadamente a la colegiada por su falta de humanidad al permitir, ¡oh pecado mortal!, que un niño llorara sin avisar al 112, al presidente del Gobierno y a la Virgen del Carmen. En el fragor de los gritos de la señora, y a raíz de su intervención, el jugador accidentado, que hasta el momento estaba listo para seguir jugando, le dirigiera al árbitro las siguientes palabras: «Te voy a matar». Al terminar el partido, los jugadores correteaban fuera del pabellón, disfrutando de sus juegos y sin trazas de lesión ni trauma alguno. Y entonces pensé en la amenaza que un adulto había puesto en la boca de su hijo de 8 años, con la coartada del deporte y la competición. Y, como deportista, me sentí muy triste. Y, como docente, temblé al pensar que dentro de pocos años me encontraré a ese niño, y a su madre, en las aulas.
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